En España hay pocos médicos expertos en danza


DIARIO MÉDICO
 
Martes, 5 de octubre de 1999
 
En España hay pocos médicos expertos en danza
 
Su anatomía en movimiento es un desafío para la medicina.
Son los bailarines profesionales: cuerpos plenos de potencia y elasticidad que chocan con el desconocimiento o la falta de respeto hacia su profesión. La Compañía Nacional de Danza ha abierto sus puertas a D M para que los médicos conozcan mejor su trabajo y sus problemas.
 
POR ALFREDO GARCÍA y SILVIA CHURRUCA
 


Sólo hay algo que un bailarín profesional tema tanto como una lesión: un médico armado con una escayola y una caja de calmantes.
Los cuerpos de los bailarines están preparados para ir más allá de lo imaginable en el movimiento y, como consecuencia, rompen los esquemas de anatomía funcional que aplican los facultativos. Además, cuando pertenecen a la élite de la danza no pueden permitirse quedar fuera de juego por una lesión más tiempo del necesario o perder facultades.
Pero los bailarines se quejan de que al llegar a las consultas o no se les toma en serio o no se les comprende.
Diario Médico ha compartido una jornada de trabajo con la Compañía Nacional de Danza para conocer que problemas físicos   son más habituales y como intentan evitarlos o subsanarlos.
 


El Aprendizaje
 
Según  Irena Milovan, la maestra de la Cía., son necesarios siete años para hacer un bailarín. Ese periodo es clave. Si se intenta acelerar el aprendizaje, no se dosifica gradualmente el esfuerzo o se enseña mal la técnica, el bailarín puede romperse o adquirir vicios que, a la larga, provocarán lesiones crónicas.
 
 
El peligro de muchas escuelas es que no forman bien al bailarín: no le dan una enseñanza lógica y orgánica del cuerpo y, entonces, puede quebrarse. La técnica clásica está tan bien pensada que no daña, pero sí han existido modas nocivas, como cuando se ponía a las bailarinas apoyadas en la pared y forzando la pierna hacia atrás. El movimiento debe sostenerse en el músculo, no forzarse", explica Milovan.
 
Cada día Irena dirige la clase: más de una hora en la que se repiten frases musicales. Es el equivalente a un calentamiento deportivo. Después llegarán los ensayos: cinco horas repartidas en dos sesiones. La clase es básicamente igual para hombres y mujeres y va in crescendo. "Empiezo lento para que el cuerpo se vaya desoxidando, los músculos se calienten y no se hagan daño. Además ahora estamos a principio de temporada. Luego podemos forzar más, añade.
 
Cada movimiento por simple que parezca, obedece a una técnica que debe haberse adquirido en el aprendizaje. Aunque se domine la clase, en la sesión diaria con Milovan no se pretende enseñar a bailar, sino desarrollar y perfeccionar su potencial. El espejo es un instrumento fundamental: “no es narcisismo, sino la forma de descubrir posibles defectos o vicios”.
Una ojeada a los miembros de la compañía basta para comprender que no existe un modelo tipo de bailarín o bailarina. Por supuesto, todos los cuerpos son armónicos y reúnen las cualidades básicas para practicar la danza: elasticidad y potencia. Pero, a partir de ahí, empiezan las diferencias. Además de técnica, es necesario tener musicalidad e inteligencia para captar el movimiento que el coreógrafo pide.
 
La Técnica
 
Sobre las posibilidades de lesionarse hay división de opiniones. Milovan asegura que una buena técnica es garantía de evitar el problema. El caso del director de la compañía, Nacho Duato, parece confirmar su teoría. Sólo ha tenido una lesión significativa de tobillo y se produjo mientras paseaba en Holanda.
 
El lo explica así: “La técnica está ahí para resguardarte. Muchos problemas vienen de trabajar mal, ya sea en la barra o en el escenario”. Sin embrago reconoce que en su caso influye tanto haber contado con una buena escuela, como la herencia genética que le ha dado el cuerpo idóneo para la danza.
 
La realidad es que por la camilla de Francisco Manzanera, el osteópata de la compañía, pasan a menudo los componentes del ballet. También es el encargado de acompañar a la consulta de un médico a los lesionados en gira.
Los facultativos consulta- dos suelen desorientarse e intentan recurrir a remedios convencionales, escayola y calmantes, para afrontar casos que son de por sí excepcionales. Los bailarines temen esos tratamientos porque suponen inmovilización, músculos agarrotados y una larga rehabilitación.
 
La farmacopea la evitan en lo posible porque asumen que siempre hay alguna molestia y prefieren no enmascararlas. Incluso aseguran que lo normal es bailar con dolor y que cuanto más joven e inexperto, más se aguanta. "Luego maduras y te das cuenta de hasta dónde compensa llegar y dónde debes parar", comenta uno de los integrantes del grupo.
 
Duato cree que ligar baile a dolor es exagerado, pero añade que es cierto que el bailarín percibe cualquier problema en su cuerpo, por sutil que sea.
 
pie y lo flexionó. Al comprobar el arco de giro se horrorizó y me dijo que me había roto todos los ligamentos. Tuve que explicarle que para mí ese movimiento era normal".



Falta de respeto
 
A ese desconocimiento hay que añadir lo que los interesados consideran falta de respeto hacia su trabajo. "Si un futbolista se lesiona, inmediatamente se le hace una resonancia. Un compañero nuestro tuvo que espe- rar semanas para que le hicieran una", se quejan.
 

Aunque tanto Milovan como Duato insisten en que el bailarín no es un deportista, los interesados asumen que sí tienen muchos puntos en común. y aunque la maestra considera innecesario cualquier práctica deportiva fuera de la jornada de trabajo, la mayoría acude varias veces por semana a un gimnasio, donde realiza ejercicios de compensación. Pero se huye de la musculación, que resta agilidad y rapidez. De hecho, a diferencia de los atletas, en los cuerpos de los bailarines el músculo sólo se dibuja en el instante mismo del movimiento, pero no se marca en posición de reposo.
 
Las sesiones de trabajo en la compañía son muy intensas. En el ensayo se repiten una y otra vez las coreografías del momento. Esta mañana Duato está introduciendo algunos cambios y dedica los últimos 15 minutos a perfeccionar un movimiento con una bailarina. Si ella no consigue captar lo que el quiere buscará otra fórmula.
 
“Al idear una coreografía  no necesito preguntarme sobre los límites del bailarín, porque los conozco y si hace falta cambio mi idea original. Es cierto que existen coreografías más físicas, con más dosis de contorsionismo, en las que uno se puede hacer daño” comenta.  Milovan coincide en que la ignorancia de la anatomía puede llevar a un coreógrafo a dañar a los bailarines, y critica la ola de virtuosismo acrobático que tanto gusta al público y tan poco beneficia al arte. Manzanera ratifica esa influencia explicando que, por ejemplo, con ocasión de algún cambio de coreógrafo se han multiplicado los casos de problemas con el cuello. En una compañía formada por profesionales cada uno se hace responsable de sus hábitos de vida. Muchos fuman y la mayoría reconoce que no es demasiado riguroso con su dieta. El fantasma de la anorexia también les sobrevuela. "Conozco casos de bailarinas que se mantienen con una manzana al día. Lo asombroso es que consiguen sacar de dentro la fuerza que hace falta para bailar; pero llega un día en el que caen y ya no se levantan", describe una de las entrevistadas.
 
La maestra afirma que, tratándose de adultos, no considera oportuno dar consejos si no se los solicitan y, aunque se muestra a disposición de todos, sólo actuaría ante un problema evidente y grave.
 
Milovan es consciente de que la danza es un arte que se vive intensamente, porque, en su faceta profesional, está reservada a los jóvenes. Ella apuesta por una retirada digna antes de los 40 años, pero también presenta un futuro optimista: "A largo plazo. haber bailado es beneficioso para la salud. Yo me comparo con mujeres de mi edad y estoy mucho más ágil".
Desde el punto de vista psicológico. Duato cree que la clave está en no vivir sólo para la danza y cultivar otros intereses.
 
La Mente del que danza.
 
"La danza es arte, no deporte. Consiste en trabajar el cuerpo, la técnica, la inteligencia, la musicalidad y la sensibilidad". Esta definición está firmada por Irena Milovan, la maestra de la Compañía Nacional de Danza desde hace 8 años. Ella insiste una y otra vez en que bailar es un ejercicio no sólo físico, sino intelectual: "Hay cuerpos con capacidad física, pero que no captan el movimiento, no entienden al coreógrafo".
Otra de su máximas es que el bailarín siempre necesita una guía, no deja nunca de aprender, "porque, al tratarse de un material vivo, siempre hay algo que puede sorprender. Los bailarines que pensaron que habían llegado a un punto en el que ya nadie les podía enseñar no fueron muy lejos". y para comprobar que siempre hay algo que mejorar ahí está el espejo.
Precisamente, entre las características del bailarín profesional están la autoexigencia y la autocrítica. La sensibilidad que aplica a su arte hace que, igual que es más perceptivo ante el dolor físico, puede ser más susceptible a sufrir intelectualmente. Milovan tiene fama de dura, pero no llega a herir , porque apuesta por repartir dosis equilibradas de corrección y estimulación.
Si en el plano físico la maestra es tajante al decir que en danza no haya trucos posibles, considera que un buen bailarín, necesita como cualquier artista, ser ante todo honesto.
 
Recuperar el contacto físico.
 
la desconfianza entre el médico y el bailarín es un problema de falta de sensibilidad y mala comunicación. "El médico no entiende al artista. Ante cualquier lesión le pide que deje de bailar. No entiende que no puede dejar su actividad porque le cuesta asumir que es un profesional", comenta Juan Bosco Calvo, especialista en medicina de las artes escénicas y fundador de la Asociación de Medicina de la Danza. Además, ni e' médico ni el bailarín son capaces de entender que ambos tienen un gran conocimiento del cuerpo y que pueden trabajar juntos.
A juicio de Calvo, la falta de especialistas en esta disciplina es uno de los motivos que provoca que un bailarín confíe más en profesionales como los osteópatas que en los propios médicos. "Quizá es porque hemos perdido el contacto físico con el paciente. El osteópata se acerca a su cuerpo yeso es algo que ya no hacemos. ¿Cuántos pacientes no han ido, por ejemplo, a una revisión a un traumatólogo y se han marchado de la consulta sorprendidos porque el médico ni siquiera les ha tocado?", comenta. La confianza del bailarín se conquista comprendiendo que en su actividad utilizan al máximo sus  posibilidades corporales y que en cada movimiento está solicitando a sus articulaciones la mayor movilidad, flexibilidad y potencia. De hecho, el especialista considera que los bailarines son el mejor laboratorio del cuerpo humano, como demuestra en los trabajos que realiza habitualmente en el Departamento de Ciencias Morfológicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alcalá de Henares.
 

En su opinión, los factores que hacen que estos deportistas-artistas se lesionen son, fundamentalmente, una mala ejecución técnica y una condición física que no alcanza el nivel exigido por la coreografía. "El cuerpo está preparado para una solicitación de esta índole. A pesar de todo, hay coreografías de riesgo que exigen de una gran condición. La lesión se produce sólo si no se está preparado previamente", explica. Una vez que la lesión hace acto de presencia, puede hacerlo en distintas zonas, especialmente en los tobillos -el esguince del bailarín es tan frecuente como el de su querido colega futbolista, en las rodillas y en la columna.
 

BROTAN CUADRADOS
 
La danza busca intérpretes, personas cuyas capacidades físicas estén al servicio del arte, que sean capaces de transmitir sensaciones con sus movimientos y gestos. Los bailarines, de hecho, no se consideran deportistas, sino artistas. Prueba de ello son los ensayos, donde la creatividad, la espontaneidad y la interpretación son bienes tangibles. Cada movimiento está perfectamente pensado, su ubicación en el contexto musical y dramático es casi perfecta. Pero no hay reglas fijas. Los artistas son así. Un paso que no convence al coreógrafo en el momento en que los bailarines lo llevan de la imaginación a la realidad es cambiado. Así, los brazos empiezan a dibujar graciosos cuadrados, cuando las manos tapan los ojos del bailarín y cuando la posición de un dedo cobra más sentido que nunca. Porque a pesar de la interpretación que se permite al bailarín, un solo dedo puede ser motivo de ensayo durante veinte minutos. Si el bailarín no es capaz de transmitir belleza con ese simple apéndice, las repeticiones se sucederán hasta la saciedad.

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