Historia de Los Musicales: Jerome Robbins, Fred Astaire y Ginger Rogers




Cantando bajo la lluvia - Singin' in the Rain (1952).


Obra maestra incontestable del cine musical, uno de los mejores trabajos fílmicos sobre la propia industria del cine y el más conseguido ejemplo de la traslación del cine mudo al sonoro, que maneja con habilidad y humor la gran problemática que supuso para muchas estrellas de la pantalla el salto al cine hablado, ya que tuvieron que ver aparcada su estelar carrera cinematográfica debido a su incapacidad vocal.



Una comedia musical realmente memorable (iniciada con un divertidísimo flashback contradictorio entre la imagen y la voz en off de Kelly) que posee antológicos números musicales escritos por Arthur Freed y Nacio Herb Brown y coreografiados por un siempre brioso Gene Kelly, un espléndido guión de Adolph Green y Betty Condem de diáfano basamento satírico, una fotografía de predominante cromatismo azul de Hal Rosson y una breve pero espectacular presencia de Cyd Charisse en "Broadway Rythm Ballet", el número musical más extenso de la película, que no el más brillante (de hecho es el menos conseguido), ya que estos corresponden a la famosa danza de Kelly bajo la lluvia californiana y especialmente, al glorioso baile de Donald O'Connor interpretando la canción "Make'em laugh" (Hazles reír).


Gene Kelly es, con Fred Astaire, el bailarín indispensable de la pantalla americana. Kelly es, al mismo tiempo, creador máximo de grandes comedias musicales y coreográficas para la pantalla. Nació en Pittsburgh en 1912 y comenzó a bailar desde la niñez. En los años cuarenta, después de haberse convertido en gran estrella de Broadway, hizo su debut en el cine como actor y bailarín. A partir de Cover Girl su estilo de baile y sus coreografías revolucionaron el género musical. Cuando comenzó a dirigir sus propias películas (en colaboración con Stanley Donen), sucedió a Astaire como la gran figura de la danza cinematográfica. Además de On the Town, de 1949, Singin' in the Rain, de 1952, e It's Always Fair Weather, de 1955, (co-dirigidas con Donen), su película Invitation to the Dance y la de Vincente Minelli, An American in Paris son la parte más sobresaliente de su legado a la historia del cine.





Singin'in the rain - Photo Harold Rosson. USA, 1952.


Stanley Donen nació en 1924 en South Carolina (USA) y fue bailarín desde los diez años. Después de debutar en Broadway estableció pronto una fructífera colaboración con Gene Kelly, como asistente de coreografía y bailarín. Con Kelly entró al cine y su colaboración se hizo tan fuerte e importante que sus tres grandes películas comparten el crédito de director: On the Town, Singin' in the Rain e It's Always Fair Weather.


Esta obra maestra del cine musical, tal vez la más famosa del género, recibió el título de su productor Arthur Freed, antes incluso de que el guión previera algún sketch musical cantado bajo la lluvia. Tanto Gene Kelly como Stanley Donen mostraron su disconformidad con ese nombre: la idea les parecía ridícula. Freed sólo argumentó dos cosas: que él había escrito esa canción y que siempre había querido hacer una película con ella; y eso bastó para imponer a la película su sketch y su título. A desgana, pues, Kelly se avino a crear su famoso número de baile, que a la postre sería lo más recordado de todo el filme.


Como evidencia esta anécdota, la película tuvo como principal promotor a Arthur Freed, que fue el responsable de 40 musicales de la Metro desde que Louis B. Mayer le contrató en 1939. Justo un año antes, Freed había logrado un gran éxito -y un merecido Oscar- con Un americano en París, también interpretado por Kelly, y decidió repetir la fórmula ganadora en esta nueva cinta. Además de recurrir a este brillante actor, Freed acudió también a otras tres fuentes de inspiración:




Singin’ In The Rain (MGM • 1952) - Cyd Charisse and Gene Kelly - Photo Harold Rosson.


- La primera fue un catálogo de canciones escritas por Nacio Herb Brown y él mismo entre 1926 y 1932. Ahí se incluyó, a pesar del forcejeo con los dos directores, la popularísima "Singin' in the rain", que ya había sido utilizada primero en una revista y después en una película de 1940: Hollywood Revue of 1929.


- La segunda fue la biografía real de bastantes cineastas de Hollywood. De hecho, muchos personajes del filme están basados en personas reales de aquel entonces: Lina Lamont, la afamada actriz de voz chirriante, era un cruel retrato de Judy Hollyday interpretado por Jean Hagen; el jefe de los estudios, encarnado por Millard Mitchell, no es otro que el propio Arthur Freed; el director del musical, al que da vida Douglas Fowley, es la viva imagen del famoso Bugsy Berkeley; y el personaje de Dora Bailey, la periodista chismosa del mundo cinematográfico, es una parodia de Louella Parsons, la columnista de los periódicos de Hearst, que tanto daño hizo a Orson Welles y a su Ciudadano Kane.


- La tercera y última eran las vivencias de Freed en el oficio, desde sus comienzos en el vaudeville. La trama recoge un sinfín de anécdotas auténticas vividas por los veteranos de la M.G.M. en la transición al sonoro: entre ellas, la contratación de profesores de dicción para el reciclaje de los actores, el accidentado rodaje primitivo con sonido directo, y la frustrada preview de infausta memoria, que sucedió realmente en más de un estreno. Vista desde este ángulo, Cantando bajo la lluvia es no sólo una película casi autobiográfica, sino también un documento interesantísimo de la conmoción que experimentó Hollywood en la transición al sonoro; de algún modo, es también una gran sátira -cruel y amable al mismo tiempo- de aquella histórica transformación que experimentó en América el Séptimo Arte con la llegada de los talkies.




Singin’ In The Rain (MGM • 1952) - Cyd Charisse and Gene Kelly - Photo Harold Rosson


En realidad, la película se pensó inicialmente para Howard Keel, muy popular en la época; pero se adaptó a las características de Gene Kelly cuando éste se hizo cargo de la dirección y la coreografía junto con Stanley Donen. Ambos ya habían trabajado juntos en Un día en Nueva York (1949), y el personal concepto de musical que allí habían plasmado -sacándolo de los bastidores y escenarios teatrales para llevarlo a la vida cotidiana- dejó una profunda huella en Cantando bajo la lluvia.


Con todo, la película no sería la misma sin la actuación de Donald O'Connor. Su acrobático "tour de force" en el famoso número "Make a laugh", de comicidad frenética por paredes, suelos y techo, ha sido considerado por algunos como el mejor número de baile en toda la historia. Tampoco sería la misma sin el encanto y entusiasmo juveniles de Debbie Reynolds, en su primer papel protagonista a sus 19 años; tal vez por esa inexperiencia, Freed no quiso utilizar su voz y fue doblada en todas sus canciones. Irónicamente, la voz que Debbie presta a Jean Hagen -la actriz de voz chirriante- al final del filme, escondida tras los cortinajes, es en realidad... la de Jean Hagen.


La película contiene números históricos. Además de "Make a laugh", deslumbran también el frenético "Moses", el sentimental "You are my lucky star" (delicado e intimista, en un plató gigantesco y vacío) o el lujoso y espectacular "Broadway Melody". Pero el que sin duda pasará a la historia es "Singin' in the rain": el número más popular y recordado de todos los musicales, en el que Kelly, enamorado y dichoso, baila en medio de un aguacero torrencial. A pesar de la imagen feliz que transmite, Kelly sufrió lo indecible en esa secuencia, bajo la falsa y persistente lluvia de los aspersores. Durante los dos días que requirió el rodaje, padeció un enfriamiento fuerte y progresivo que estuvo a punto de acabar en pulmonía; además, no encontraba la manera de coordinar los movimientos del paraguas con la música, por lo que la filmación se prolongó cada día muchas más horas de lo previsto. Su grabación se realizó en una sola toma. La lluvia artificial que se aprecia en la famosa escena del baile, no es agua, es una solución salina ligeramente mezclada con leche para que pudiera ser captada perfectamente por la cámara.


Lo curioso es que ese sketch no era realmente nuevo: se inspiraba en otro número similar, cantado y bailado por Maurice Chevalier 15 años antes, pero ahora desarrollado de forma más brillante y original. Hay que reconocer que su peculiar combinación de humor, sentimiento y alegría resume perfectamente las virtudes de la película, y ella sola basta para convertirla en la quintaesencia del género musical. Es, desde luego, el número que mejor representa el espíritu de la película, pero también el que mejor resume toda la filmografía de un actor (Gene Kelly) y todo lo que fue un maravilloso género cinematográfico: el musical de Hollywood.




Singin'in the rain - Photo Harold Rosson. USA, 1952.



Fuente: www.telepolis.com


Selección de Fotos Danza Ballet


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Jerome Robbins


Jerome Robbins, legendario coreógrafo de ballet, musicales y clásicos del cine es considerado el más grande creador de la danza estadounidense, una leyenda de Broadway.


En 1940 se unió al American Ballet Theatre y dos años más tarde llegó a ser solista en esta compañía.




Coreógrafo y director teatral estadounidense (EEUU, 1918-1998), cuyos ballets destacan por su gran sentido escénico y por la unión indisoluble entre el movimiento y la música. Nació en Nueva York y asistió a la Universidad de dicha ciudad antes de debutar como bailarín en los teatros de Broadway.


Nacido con el nombre de Jerome Rabinowitz, comenzó su carrera bailando en comedias musicales en 1937 y se unió al Ballet Theatre en 1940. Se transformó en solista al año siguiente, uniéndose al New York City Ballet de George Balanchine en 1949.Su primer ballet, Fancy Free (1944), se expandió para convertirse en el musical cinematográfico Un día en Nueva York. A lo largo de su carrera creó más de 50 ballets, incluyendo Variaciones Goldberg, en 1971; Watermill, en 1972, y Brandenburg, el año pasado. Robbins era director artístico asociado del New York City Ballet desde 1949. Robbins hizo la coreografía y dirigió éxitos de Broadway, entre los que se encuentran El Rey y yo (1950), Peter Pan (1954), Amor sin barreras (1957), Gypsy (1959) y El violinista en el tejado (1964). Ganó además dos premios Oscar por la versión cinematográfica de Amor sin barreras (1961), que codirigió con Robert Wise.




Fue la primera comedia musical que ganó el Oscar a la mejor película. El exitoso show de 1989, Jerome Robbins Broadway, fue una retrospectiva de varios de sus más conocidos números musicales.Un creador prolífico, Robbins también ganó la Medalla Nacional de las Artes, de la Asociación de Directores Cinematográficos, un premio Emmy por la versión en TV en 1955 de Peter Pan, además de varios premios teatrales Tony. En 1958, formó la Lena Robbins Foundation para promocionar los trabajos de nuevos coreógrafos, y ese mismo año fundó su propia compañía, Ballets USA, para el Spoleto Festival. También fue miembro del Consejo Nacional de las Artes desde 1974 a 1980. Creó una larga lista de coreografías para el American Ballet Theatre, el New York City Ballet y para su propia compañía, Ballets: USA (en activo entre 1958 y 1961). Algunas de estas obras son: Interplay (1945), Preludio a la siesta de un fauno (1953), Variaciones Goldberg (1971) y Glass Pieces (1983).


Murió en su hogar neoyorquino el 29 de junio de 1998, a los 79 años. Fue el último de los titanes del mundo de la danza.




Photo: Martha Swope - © Avec la permission des archives du New York City Ballet



West Side Story


Su éxito fabuloso en 1961 inundó las radios de todo el mundo con la partitura de Leonard Bernstein. Esta puesta al día del eterno tema de Romeo y Julieta, en la que Montescos y Capuletos son reemplazados por portorriqueños recién llegados y anglosajones hijos de emigrantes, adaptaba un éxito teatral dirigido y coreografiado por Jerome Robbins, director de la película junto a Robert Wise. La trasposición a los suburbios de Nueva York no resultaba demasiado imaginativa. Incluso las secuencias argumentales debidas a Robert Wise son blandas y de una alarmante cursilería. Pero 'West Side Story' no ha pasado a la historia por su carácter de tragedia sentimental: las escenas de baile a cargo de Robbins resultan memorables por su brío y energía. En ellas reside tanto la originalidad como la clave del éxito del filme.




West Side Story © Eigentum des jeweiligen Studios / Vertriebes


'West Side Story' obtuvo la friolera de diez Oscar, entre ellos los de mejor película, director y actores secundarios (Rita Moreno y George Chakiris); sólo en París permaneció cinco años consecutivos en el local de su estreno. A lo largo de sus 151 minutos se suceden asombrosas secuencias de baile acrobáticas todavía no superadas. Puede que el tiempo no haya pasado en balde, acostumbrado como está el público actual al montaje frenético del 'videoclip'. Sin embargo, bueno es recordar que, por primera vez en la historia del cine, en 'West Side Story' la cámara se lanzó a las calles de Nueva York en pos de bailarines en vaqueros. 


Por A.G.Madrid


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Fred Astaire y Ginger Rogers


Hicieron películas por separado, las cuales fueron éxitos en muchas ocasiones, pero la figura del uno no puede entenderse sin el otro.


Formaron una de las parejas míticas, no sólo del cine, sino de la historia en general.


Decir Fred es decir Ginger, y decir Ginger es decir Fred. La sintonía de ambos en la pista de baile, enmarcada en un art decó en blanco y negro, y fusionada con las melodías de Gershwin o Berlin, alcanzó las más altas cotas de belleza y plasticidad. Hasta el punto de que los años los han acabado convirtiendo en una de las imágenes más emblemáticas de la iconografía popular. Con Fred Astaire y Ginger Rogers el musical se convirtió en uno de los géneros más amados por el público, a la par que procuraba algunas escenas destinadas a insertarse en eso que se llama antología del cine. Protagonizaron una serie de películas que para el cinéfilo de verdad se presentan como inolvidables e imprescindibles. No cabe hablar de historia del cine si no se menciona a Astaire y Rogers.



Fred Astaire. La elegancia.



De Astaire se asegura con rotundidad que ha sido el mejor bailarín que nunca ha existido, y pese a las ya famosas palabras que resultaron de su primer casting (aquello de: “No sabe cantar. No sabe actuar. Baila un poquito.”), crítica público y compañeros comparten adoración por su maestría en el arte de la danza. Terreno este en el que dominaba toda clase de disciplinas, desde los más clásicos ballets originarios del este de Europa, hasta las más “modernas” tendencias del swing, claque y jazz. Su adecuación a ambos terrenos nunca quedó más patente que en ‘Ritmo Loco’ (1937), título dado en España a ‘Shall We Dance’, auténtica delicia que recogía algunas de las más memorables piezas gershinwianas.




Fred Astaire © Warner Home Video - All Rights Reserved



La efigie de Astaire va irremediablemente unida al esmoquin, los zapatos, el bastón y, por supuesto, el sombrero de copa. Su figura destacó por su agilidad, sutilidad y elegancia. El nacimiento de Fred Astaire se remonta al siglo XIX, concretamente al 10 de mayo de 1898. Fue en Omaha (Nebraska), y como es bien sabido el niño fue bautizado como Frederick Austerlitz, aunque su carrera profesional le hizo cambiarse el nombre por otro más sonoro y cercano. En sus inicios, allá por los felices años 20, Fred triunfaba en teatrillos, vodeviles y más tarde Broadway, junto a su hermana Adele. Ambos se hicieron muy conocidos gracias a dos musicales made by Gershwin: ‘Lady be Good’ y ‘Funny Face’. Más tarde, Fred pasaría a representar este último en el cine.



Ginger Rogers. La sensualidad.



En cuanto a ella, puede que sus pasos no llegasen a la grandeza de los Astaire, pero si éste destacaba por su estilo refinado y elegante, ella dotaba a la pareja del punto sexy que sus números precisaban para lograr la conexión con las masas de público. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces enseñar pierna era el colmo del erotismo, y las de la Rogers no tenían desperdicio. En los bailes mostraba soltura, desparpajo y en ocasiones hasta descaro, mientras que su aguda voz conseguía un peculiar y encantador efecto, que contrastaba mucho con las graves voces de solistas femeninas, como Ella Fitzgerald, que hicieron célebres esas mismas canciones.



Y si bien él basó su paso por el cine en espectáculos musicales -lo cual, por cierto, ya es bastante-, Ginger Rogers decidió mostrar su versatilidad en distintos géneros, a la vez que sus portentosas dotes de actriz.




© Representative of Ginger Rogers



Ginger (Virginia Catherine McMath) era una chica de Missouri, nacida el 16 de julio de 1911, que tras dedicarse a la danza y la canción, empezó su relación con Hollywood en diversas comedias, hasta que despuntó en ‘La calle 42’ (1933), el mítico musical de Busby Berkeley. Y pasó por otra serie de títulos de revista hasta que se unió a Fred Astaire, comenzando entonces la leyenda.




Una unión para la historia.



Cada uno de ellos parecía representar el perfecto contrapunto del otro. La química que se produjo entre ambos más parecía tener de mágico y romántico que de físico o racional. Todo empezó con ‘Volando hacia Río de Janeiro’ (1933), donde robaron con enorme facilidad, gracias a su baile de la ‘Carioca’, el protagonismo a Joel McRea y Dolores del Río. Cuando tras el estreno todo el mundo hablaba de este nuevo dúo de bailarines, la RKO comprendió que tenía un filón que no podía dejar sin explotar.



De esta manera quedó escrito que compartieran varios títulos musicales con una estructura y función similar. Se trataba de pasatiempos que querían enganchar y animar al espectador en los difíciles 30, a la vez que eliminaban toda aspiración dramática o argumental. De hecho, los argumentos son inverosímiles, las situaciones dramáticas inexistentes, los escenarios (art decó) imposibles -mucho se podría hablar de la Venecia de ‘Sombrero de copa’-, aunque todo ello no importa lo más mínimo al público, pues una vez que ambos empiezan a mover las piernas todo lo demás queda relegado a un plano secundario. Siguiendo a la mencionada ‘Volando hacia Río de Janeiro’, llegó ‘La alegre divorciada’ (1934), que dejaba gran parte del metraje a la comedia y tenía en ‘Night & Day’ y el ‘Continental’ sus números estelares. Mucho glamour y estilismo para poner en escena las composiciones de Cole Porter.



En 1935 llegaron dos films, ‘Roberta’, con la estimable colaboración de Irene Dunne, y muy especialmente ‘Sombrero de copa’, siendo ésta última, con música de Irving Berlin, considerada la mejor de la serie, ya que aparte de por su ya mencionada “falsa Venecia”, destaca por su mítico número ‘Dancing Cheek To Cheek’ (conocido por todo mundo), sin dejar de lado el ‘Piccolino’. El director del film fue Mark Sandrich, cineasta de cabecera de ambos, y que mostraba su buena labor artesanal, a pesar de ser eclipsado por los ilustres protagonistas.




Ginger Rogers dancing with Fred Astaire in the "Cheek to Cheek" number in Top Hat, 1935.

© Representative of Ginger Rogers



Más tarde vendrían ‘Sigamos la flota’ (1936), de nuevo con partituras de Berlin, donde a la vez que Ginger aparecía especialmente sexy, Astaire estaba inapropiado como marinero; ‘En alas de la danza’ (1936), con la prestigiosa dirección de George Stevens; y la ya citada ‘Ritmo loco’ (1937), que fue otro admirable musical con melodías de los hermanos Gershwin, destacando algunas como ‘Shall We Dance’ (que dio el título original a la película), ‘They All Laughed’, ‘Let´s Call the Whole Thing Off’ (maravilloso baile en una pista de patinaje neoyorquina), o ‘They Can´t Take That Away From Me’ (canción que Fred canta a Ginger durante una travesía en ferry, y que tal vez sea uno de los momentos más hermosos que yo haya contemplado en una pantalla). Como ya he apuntado antes, en ‘Ritmo Loco’, Astaire interpreta a Petrov, bailarín con ganas de dejar el ballet por melodías más marchosas.



La serie se cerraría con ‘Amanda, la paciente peligrosa’ (1938), y ‘La historia de Irene Castle’ (1939). Y tras una larga etapa sin colaborar, el reencuentro se produjo en ‘Vuelve a mí’ (1949), donde Ginger fue la elegida para sustituir a la malograda Judy Garland, quien había logrado un gran triunfo junto a Astaire en ‘Desfile de Pascua’ (1948). Todas siguen el mismo esquema: bailarín conoce a bailarina, enredos, confusiones, equívocos y cambios de pareja hasta que un número final une a Fred y Ginger (aunque nunca lleguemos a verles besándose).




Ginger Rogers dancing with Fred Astaire in the "Cheek to Cheek"

number in Top Hat, 1935. © Representative of Ginger Rogers



A su vez, resultaría flagrante la omisión de un grupo de excelentes actores cómicos: Edward Everett Horton, Eric Blore, Alice Brady, Franklin Pangborn, .... De hecho, en ‘Sigamos la flota’ éstos no aparecen y se nota muchísimo en perjuicio de la película. Las dosis de comedia ofrecidas por esta tropa no podían ser superadas por una historia de amor entre un soso Randolph Scott y la elegante Harriet Hillard.




Divorcio, pero continuación del éxito.



Ginger quería separar sus pasos del musical. Al parecer estaba un tanto descontenta porque Sandrich dedicaba toda su atención y sus elogios hacia Astaire, dejándola a ella un tanto de lado. Si tal afirmación es cierta, no podemos sino condenar tamaña injusticia. Pero, al margen de esas pequeñas rencillas, miss Rogers aspiraba a probar con otros géneros y registros, y a fe que lo hizo con grandeza.



Una de sus películas más famosas y donde mostró su solvencia fue el genial drama de Gregory La Cava, ‘Damas del teatro’ (1937), donde ella era una artista de vodevil, rival de la refinada Kate Hepburn. Pocas veces la vida de las artistas ha sido narrada de forma tan desgarradora y cercana. Y, por cierto, que al parecer la rivalidad en escena también se trasladó a la vida real, debido a las relaciones de ambas con el magnate Howard Hughes (como también Jean Harlow, Jane Rusell, Ava Gardner, ...). Otros films destacables de Ginger fueron: ‘El mayor y la menor’ (1942) de Billy Wilder, donde intentaba seducir a un maduro Ray Milland; ‘Hubo una luna de miel’ (1942), comedia de Leo McCarey con Cary Grant de compañero; ‘Fin de semana’ (1945), que era un remake del éxito de MGM ‘Grand Hotel’; y especialmente ‘Espejismo de amor’ (1940), drama de Sam Wood que le valió el Oscar a la mejor actriz.




Fred Astaire and Ginger Rogers in Smoke Gets In Your Eyes

from Roberta (1935): RKO publicity still




En ‘Me siento rejuvenecer’ (1952) de Howard Hawks se le notó el paso del tiempo, y se hacía difícil ver a Ginger convertida en toda un ama de casa -esposa de Cary Grant-. Y aunque gracias a la fórmula de la juventud que formó el embrollo del film se pudo ver a la Rogers bailando y hasta jugando con un tirachinas, lo cierto es que sus mejores tiempos habían pasado.



A partir de esta comedia hawksiana vendría el declive de Ginger, que terminó su filmografía con el papel de mamá Harlow en uno de los biopics sobre la rubia platino (‘Harlow’, 1965).  En cuanto a Astaire, una vez que acabó su relación profesional con Ginger, siguió acumulando éxitos en el cine musical. Por ejemplo, no puede dejar sin comentarse ‘Bodas Reales’ (1951), dirigida por Stanley Donen, que inmediatamente pasó a crearse un hueco dentro de la historia de dicho género. En ella, Astaire y Jane Powell eran una pareja de hermanos artistas que van a parar a Londres en plena preparación de la boda del Príncipe de Gales. Su aludida celebridad viene dada por uno de esos momentos imborrables, aquel en que Astaire baila subiéndose por las paredes de su habitación. Sin duda una escena que superaba todos nuestros sueños. Oro puro.



‘The Band Wagon’ (1953), absurdamente traducida en España como ‘Melodías de Broadway 1955’, le emparejó con la gran bailarina Cyd Charisse. Tuvo bastante de autobiográfico, pues Astaire interpretaba a una antigua estrella de cine que necesita reactivar su carrera. Pintada en glorioso Technicolor, bajo la producción de Arthur Freed y con el buen sentido artístico de Vincente Minelli, se ha convertido con los años en uno de los musicales mejor valorados por la crítica. De entre un buen montón de bailes, destaca sobremanera por su sutileza el de la citada pareja dando brillo con sus trajes blancos al Central Park neoyorquino en un número muy adecuadamente llamado ‘Dancing In The Dark’.



‘Una cara con ángel’ (1956), de nuevo le permitió mostrar su extraordinaria capacidad para embellecer, aún más si cabía, la genial música de los Gershwin. La cara la puso Audrey Hepburn, dotando a la expresión ‘Funny Face’ de todo su sentido y propiedad, no importando la diferencia de edad entre ambos protagonistas. Verles en Vistavisión, en París, y bajo la batuta de Stanley Donen sólo podía significar sinónimo de maravilla.




Ocaso y fin, que no olvido, de sus carreras.



Empero, el progresivo ocaso y abandono de los musicales por parte de la industria relegó al pobre Astaire a pequeños papeles en el nuevo tipo de películas que empezaban a hacerse. Films con aire de superproducción catastrofista, en las que se empeñaron que Fred demostrase sus dotes interpretativas en materia de tragedia. Estaba claro que cada vez había menos sitio para las viejas glorias.



Por cierto que es inevitable mencionar un detalle, cuando menos irrisorio, que demuestra por qué los Oscar me parecen una mera charlotada, sólo considerada por aquellos que tienen un absoluto desconocimiento de lo que es el cine. Resulta que Fred Astaire únicamente recibió una nominación en toda su dilatada carrera. Fue como actor de reparto por la ‘El coloso en llamas’ (1974). Sobran comentarios. Ginger acabó teniendo éxito en varios musicales de Broadway, intentando mantenerse el mayor tiempo posible en el estrellato. Más tarde llegó su retiro y su muerte, el 25 de abril de 1995, en su rancho cerca de Los Ángeles.



Fred ya había fallecido en junio de 1987, después de actuar en películas hasta que su edad, y los nuevos derroteros de la industria, dejaron patente lo imposible de la relación. La vida de estos inolvidables artistas había terminado, pero no su leyenda, ya que siguen siendo amados y venerados por millones de personas en todo el mundo. Un halo de majestuosidad rodea todas sus actuaciones, creando una magia que ni las más avanzadas técnicas del video-clip pueden aspirar siquiera a imitar -citando a Cicerón podría decirse aquello de: “O tempora!, O mores!”-.



Federico Fellini los homenajeó en una de sus nostálgicas cintas, ‘Ginger & Fred’ (1986), donde los espléndidos Marcello Mastroianni y Giulietta Masina eran una pareja de bailarines. Aunque Ginger llevó el tema a juicio por utilización indebida de nombre e imagen, no hay que dudar de las nobles intenciones de un gran cinéfilo como el autor italiano.




Al margen de las que realizó el gran José Luis Garci en películas como ‘Volver a empezar’ (1982) o ‘Tiovivo c.1950’ (2004), también cabría citar dos emotivas alusiones que se hicieron en el cine a tan magnífica pareja -seguramente sean muchas más que ahora mismo no recuerdo o desconozco-. La primera fue de la mano del genial Woody Allen, más concretamente en ‘La Rosa Púrpura de El Cairo’ (1985), donde Mia Farrow acudía a su cine de barrio para sumergirse en un mundo ilusorio y soñar con los bailes de ambos.



El otro fue en una película de Frank Darabont, ‘La Milla Verde’ (1999), basada en el drama carcelario de Stephen King. El entrañable preso John Coffe (Michael Clarke Duncan) elegía como última voluntad, antes de ser ejecutado, tener la oportunidad de disfrutar de una proyección de cine. “Son como ángeles del cielo”, decía mientras se emocionaba y derramaba lágrimas contemplando el número ‘Dancing Cheek To Cheek’. Precioso homenaje que no hace sino reflejar lo que muchos sentimos cada vez que disfrutamos con ellos.




Por: Fran Morgado - Elmulticine.com

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