La batuta de Lully


El accidente de la batuta

Juan Bautista Lully (1632-87) ocupó, hasta su muerte trágica, el cargo de director de orquesta de la corte de Versalles y estaba encargado de componer y conducir la música que amenizaba los ocios del Rey Sol y su ejército de cortesanos y aduladores, en las numerosas representaciones de ballet en que danzaban las recargadas figuras mitológicas, tan de moda en aquel tiempo. Su título en el escalafón oficial era “maestro de música de la familia real” y como tal, tenía derecho a las regalías producidas por todos los espectáculos representados con música y ballets, lo que ocasionó naturales desacuerdos con Molière.

El propio Rey Sol quizá procuró moderar los excesos a que, en su amaneramiento, llegaban las “preciosas ridículas” de las que se burló Molière en Les Précieuses ridicules (6), (7) y los partidarios del arte barroco, sin lograrlo del todo, pues siempre era superado por la adulación de la Corte. Como fue superado en estatura por los cortesanos que le copiaron sus descomunales pelucas y los zapatos de tacón alto que usaba para verse menos pequeño.

Luis XIV amaba el ballet de cour y las comédies - ballets que Lully, ese violinista de origen florentino, componía con tanto acierto, al punto que hoy se le considerara como el creador de la opera francesa.

No obstante, en la cumbre de la fama y el prestigio, la muerte sorprendió al maestro Lully, en una forma poco menos que irónica pues, un día, cuando dirigía una de sus famosas obras musicales, la batuta que utilizaba como director de orquesta (entonces era una especie de alabarda empleada para marcar el compás) cayó de punta sobre su pié. La pequeña herida, agravada por la fuerza del trauma, se complicó: ¿Sería acaso una erisipela o es que monsieur Lully padecía de diabetes?. En todo caso, a los pocos días se gangrenó la pierna del artista y murió por esta causa.

Acudiendo a la legislación moderna de la medicina del trabajo, alguien podría aducir que aquí se llenan los requisito para demandar al patrón y cobrar una indemnización jugosa. La familia del músico, sin embargo, fue cautelosa, pues de seguro conocían las severas normas de Luis XIV al respecto y el hábito ahorrativo del cardenal Richelieu, en especial cuando se trataba de hacer alarde del cuidado con que defendía las finanzas del Rey Sol, cuyo lema fue: El Estado soy yo.


La muerte del cocinero

El Príncipe de Condé (1621-86), vencedor de Rocroi, propietario del castillo de Chantilly y pariente cercano del Rey Sol, gozaba de un privilegio envidiado por Luis XIV y toda la nobleza de la época: monsieur Vatel su cocinero.
El Gran Vatel como era llamado el genial cocinero del príncipe de Condé, tenía el orgullo de amar su profesión y ejercerla con el alma. Para ser buen cocinero se requieren cualidades difíciles de adquirir, comenzando por soportar el excesivo calor de las estufas. Desde obtener los alimentos frescos y de la mejor calidad, hasta cocinarlos en forma apropiada, a la temperatura exacta, con la sazón exquisita, con el sabor adecuado, la presentación perfecta y las salsas como es debido.
Pero ser el mejor cocinero de Francia y ganarse, de paso, la admiración del mismo Rey Sol era un honor superlativo y difícil de sobrellevar. No sería poca la angustia de Vatel cuando supo que Su Majestad solicitó a su principesco pariente que le cediera a su chef, en el curso de un memorable banquete que duró tres días.
En su palaciego castillo de Chantilly, en el Valle de l’ Oise, el príncipe Condé rindió la acostumbrada pleitesía al Rey Sol y organizó tres días de festejos y pantagruélicos banquetes para cerca de dos mil invitados: toda la nobleza de Francia. Contaba con suficiente respaldo económico para que todo saliera al gusto del Rey y tenía el recurso de su cocinero, el Gran Vatel, que en ocasión anterior y a falta de una crema adecuada para los postres, inventó la crema de Chantilly que todavía hoy es famosa.
Todo iba ”a pedir de boca”, pero para el fatídico segundo día el menú principal incluía diversas recetas exquisitas a base de pescado y la única manera de asegurar la frescura del mismo era obtenerlo a última hora. Sin embargo, cuando todo estaba ya listo, comenzó la angustiosa espera de Vatel, pues el encargado de entregar los pescados no llegaba. Y así, pasaron las horas, el fuego en las estufas se apagó y las ollas en ebullición empezaron a enfriarse. En los salones, la muchedumbre ansiosa comenzaba a impacientarse y, con menos que disimulada ansiedad, el príncipe de Condé procuraba distraer al Rey. Entre tanto, Vatel era preso de la angustia y, en un arranque precipitado de frustración, el sublime cocinero decidió suicidarse al ver en entredicho su honor, su prestigio y su gloria. Vano sacrificio, pues poco después de expirar el cocinero, los pescados frescos y olorosos llegaron a las bodegas: demasiado tarde para Vatel, pero apenas a tiempo para ser servidos a los comensales.
A manera de comentario diagnóstico
Sin tener obligación de someternos a la tiranía de la medicina “evidente” pues es seguro que a ninguno de nuestros tres personajes se le practicó autopsia, ni su deceso estuvo precedido por exámenes de laboratorio ni tomografías, que no los había, puede decirse que su muerte estuvo relacionada con causas laborales.
La batuta de Jean Baptiste Lully, desde luego, al caer como una estocada sobre el pie del infortunado músico, cuando quizá éste ordenaba a su orquesta ejecutar el adecuado compás durante la ejecución de un allegro vivace, podría considerarse sin mucha discusión como un instrumento de trabajo. Solo la envidia de alguno de sus colegas ( “entre músicos te has de ver”, dicen que es una de las maldiciones del gitano) sería capaz de decir que la batuta cayó de las manos del maestro en señal de venganza de alguna agraviada semifusa.
En cuanto al óbito del dramaturgo, las exigencias del Rey, virtuales o reales, fueron causa indirecta para someter a sus favorecidos a un trabajo angustioso, agobiador o excesivo. En el siglo XIX se empleó la palabra surmenage, para designar el conjunto de trastornos producidos por una fatiga excesiva. El siglo XX los ingleses usaron la palabra stress, para significar la tensión o los factores emocionales que pueden ser causa de ciertas enfermedades. La suma, en fin, de las reacciones a cualquier estímulo adverso, físico, mental, emocional, que tiende a perturbar la homeostasis del organismo. En español puede emplearse el término estrés para investigar algún riesgo inicial del individuo próximo a enfermar.
Conclusión
La excesiva tensión en el esfuerzo diario, diríamos en el siglo XXI, llevó a Molière a hacer mutis, de manera digna y ejemplar, a los 51 años de edad. A Lully, a tener un finale doloroso y fâcheux. Y al gran Vatel, quien posiblemente tenía un temperamento perfeccionista y angustiado propenso a las depresiones, a disponer de su vida en forma precipitada. Es posible que hubiese sido informado que su amo, cediendo a las presiones del rey, hubiese resuelto cederlo más pronto de lo previsto a este nuevo señor y la perspectiva de un incógnito destino, así fuera este como supremo cocinero real bajo la no despreciable fautoría del todopoderoso monarca, apresuraron la decisión irrevocable del genial cuisinier.
Bibliografía.
1. Molière: Le médicin malgré lui. Librairie Larousse. 17, rue du Montparnasse, et boulevard Raspail, 114. Sucursale: 58, rue des Ècoles (Sorbonne). París.
2. Scott V. Molière: A Theatrical Life. Cambridge University Press. New York, Londres.
3. Molière: Tartuffe. Librairie Larousse. 58, rue des Ècoles (Sorbonne). París.
4. Molière: L’ Avare. Librairie Larousse. 58, rue des Ècoles (Sorbonne). París.
5. Molière: Le Malade Imaginaire. Librairie Larousse.: 58, rue des Ècoles (Sorbonne). París.
6. Molière: Les Précieuses ridicules. Librairie Larousse. 58, rue des Ècoles (Sorbonne). París.
7. Molière: Le Bourgeois Gentilhomme. 58, rue des Ècoles (Sorbonne). París.

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