LA DANZA EN LA EDAD MEDIA


DANZAS RELIGIOSAS

Siguiendo las dos tradiciones, la bíblica y la pagana, también la Iglesia cristiana primitiva permitió que la danza entrase a formar parte del rito. Este uso, según los más, viene confirmado por la derivación no obstante negada  de dos vocablos: el título de praesul, dado a los obispos, que derivaría del mismo nombre dado al jefe de los sacerdotes Sali,cargo instituido por Numa Pompilio, al cual correspondía la función de guiar o dirigir la danza de los sacerdotes, y el nombre de coro dado a la parte de la iglesia reservada al clero, donde, a semejanza del coro griego en la tragedia y en la comedia, se rendía homenaje al Señor con cantos y danzas. Tal usanza no debe parecer extraña si se piensa que la danza religiosa tiene un carácter grave y solemne, gestos lentos y mesurados, para en nada desdecir de la austeridad del rito y que el último vestigio de ella se puede encontrar en el sacrificio divino, esto es, en las actitudes del sacerdote en el altar, que jalonan con su sugestiva, simbólica y milenaria repetición, los diversos momentos de la misa. Pero los abusos y las licencias, contra los cuales ya se habían pronunciado los legisladores romanos, penetraron también en la iglesia, especialmente por obra de los pueblos bárbaros que formaban parte del gran imperio en liquidación. Escribe el P. Lacroix que la índole alegre de los galos y su natural tendencia a los ejercicios violentos ya los placeres sensuales les predisponía a amar el baile ya practicarlo con pasión, no obstante la repugnancia de la aristocracia romana, primero, y los anatemas y las interdicciones de los concilios y de los sínodos, después. En efecto, si después del saqueo de Totila (siglo VI), las danzas desaparecieron de Roma, no sucedió lo mismo en la Galia ni en aquellas regiones de Europa donde las cohortes romanas habían llevado la fuerza de sus armas y de su civilización, influyendo necesariamente sobre las costumbres de las gentes sometidas, pero no tanto como para cam biar del todo sus manifestaciones.
y entre las costumbres más antiguas y radicadas en la tradición, tenía gran importancia, como hemos visto, la celebración de las festividades y adoracIón de los dioses ancestrales, por medio de cantos y danzas, acompañados de sacrificios de animales ya veces también de víctimas humanas.
 
En Francia se llama todavía le dimanche des brandons al primer domingo de cuaresma. en recuerdo de la fiesta celebrada por los campe sinos en tal fecha, que coincide con el inicio de la campaña agrícola. Ellos blandían una antorcha o hachón encendido (brandon) y batiéndolo recorrían, cantando y rogando, jardines, campos y huertas, amenazando con que mar los árboles que no hubiesen producido frutos abundantes.
 
En la festividad de san Juan, que se relaciona con la fiesta ya mencionada de los pastores etruscos, danzadores desnudos, coronados de flores y dándose la mano, bailaban por las calles y por las iglesias y giraban y cantaban hasta caer exhaustos en tierra. Los excesos de estas danzas procesionales, que en Francia tomaban el nombre de dances baladoires (danzas indecentes), y de otras danzas similares provocaron la justa reacción de la Iglesia. Primero fueron solamente amonestaciones como la que san Gregorio Niceno envió al emperador Julia no (331363): «Si te place el baile... baila cuanto quieras, pero ¿por qué renovar ante nuestros ojos las danzas de la bárbara Hero días y de los paganos? Ejecuta más bien las danzas del rey David delante del arca; baila para honrar al Señor. Estos. ejercicios pacíficos y píos son dignos de un emperador y de un cristiano.»
 
Más tarde fue la condena, por parte de la Iglesia. que las vetó en el Concilio de Constantinopla de 680. En 773 una ordenanza del papa Zacarías renovó la prohibición con estas palabras: «No se hagan danzas, especialmente en tres lugares: en las iglesias. en los cementerios y en las procesiones», pero la licencia no debió cesar por cuanto el Concilio de Worms de 1204 insistió repitiendo los mismos conceptos, y el propio Parlamento de París intervino todavía en 1667 para prohibir las danzas sacras en general; las públicas de 1.0 de enero, de 1.0 de mayo, de los brandons, de san Juan, etc.
 
En España las danzas sagradas duraron más tiempo que en Italia y en Francia y su tradición está todavía viva. El rito mozárabe instituido hacia el siglo VIII por san Isidoro, arzobispo de Sevilla, se unía a la danza aceptándola como parte integrante, pero cuando los católicos empezaron a prevalecer sobre los moros y asimismo el rito gregoriano fue lentamente sustituyendo al mozárabe, hasta extinguirlo definitivamente en el siglo XI, la danza fue condenada. Sin embargo, el uso no se perdió ; por el contrario, en 1500 se acentuó tanto que la costumbre de bailar en las catedrales de Toledo y de Sevilla y en las procesiones, se ha perpetuado hasta hoy. En efecto, todavía actualmente, durante la semana santa se puede ver en Sevilla a los famosos seises, esto es : los seis muchachos del coro de la iglesia, continuando la tradición de las representaciones y danzas que fueron autorizadas por el papa Eugenio IV en 1434 como acompañamiento de la procesión del Corpus Christi. Normalmente visten casaca y sombrero rojos, calzón negro y zapatos negros con arandela, pero en las grandes ceremonias usan el suntuoso traje de los años 1500, con justillo, calzón corto abofellado y una gran gorguera almidonada.
 
Según cuanto escribieron los antiguos cronistas franceses, en 1373, bajo el reinado de Carlos V de Valois (13641380), llamado «El Sabio), los abusos que profanaban las danzas .sagradas fueron castigados por el cielo con una enfermedad desconocida y extraña que obligaba a los contagiados a desnudarse, coronarse de flores y entregarse a una danza frenética y en torbellino, hasta el agotamiento de sus fuerzas. Escribe Mézeray: «Tal agitación les hacía hincharse tanto que habrían reventado si no se hubiese tenido la precaución de ceñir su vientre con una buena faja. Esta extraña enfermedad era contagiosa y se podía curar con exorcismos. Según el ya citado cronista, tales castigos hicieron decaer la costumbre francesa de bailar en los días de fiesta, delante de las iglesias. J'
Verdaderas danzas místicas, bajo la forma de cortejos expiatorios, fueron las procesiones de los flagelantes y las de los disciplinantes que aparecieron en el siglo XIV, en el curso de las cuales, los fieles se azotaban acompasadamente.
 
Pero la más célebre de las danzas medievales de carácter religioso fue la danza macabra.
El término «macabroD sufrió las más fantásticas interpretaciones: según unos derivaba del árabe, magabír, magabarag, que significaba ce menterio ; según otros derivaba del inglés make break, hacer romper, frase que por su so nido daría la sensación onomatopéyica del quebrarse o entrechocar de los huesos; y según otros, todavía, deriva del nombre del trovador Macabro o Macabrus o bien del latín mache ría, que significa muro, porque las danzas eran pintadas sobre los muros de las iglesias y de los cementerios. Pero con toda probabilidad su origen es muy otro" y debería ser buscado en la danza de los macabeos, nacida con ocasión del traslado de los restos de aquéllos, de Italia a Colonia, en 1164.
 
En la primera mitad del siglo XIV, encontra mos en Francia, por primera vez, una referen cia a esta danza, bajo la locución danse de Macabré, la cual, todavía en el siglo XVII, se gún afirma Antoine Oudin, era conocida como danse Macabée o, más vulgarmente, Macabré. La transformación del término de sustantivo en adjetivo se produjo definitivamente en el si glo XIX cuando los románticos, vuelta su atención al medievo, se lo a:propiaron y lo difundieron con el significado de lúgubre y horripilante.
 
En la danza macabra, solamente el esqueleto que representa la Muerte ejecuta pasos de una auténtica danza, bajo forma de saltos de ale gría a la vista del seguro botín; los otros participantes se limitan a constituir un largo, lúgubre y resignado cortejo. Entre las más an tiguas reproducciones de danza macabra figu ran la de los Inocentes de París (hacia 1424) y el fresco que se encuentra sobre las paredes del coro de la iglesia de la ChaiseDieu en Auvernia: figuras blancas sobre fondo rosa, representando un papa, un emperador, un jo ven príncipe, un patriarca, un caballero, un gentilhombre, dos clérigos, una matrona, uná castellana, un monje benedictino, un trovador que a causa del espanto deja caer su viella, un campesino, un recién nacido en la cuna, una madre, etc., arrastrado, cada uno, por una Muerte brincadora, en actitudes muy diversas y de impresionante realismo.
 
Famosísimos son los grabados que reproducen la danza macabra, realizados por Durero y por Holbein, despiadados en la forma y en el espíritu. En todos ellos destaca con claridad la alegoría que recuerda a la memoria la fatal suerte común a todos los hombres, cualquiera que sea su edad y condición.

En Italia el ejemplo más notable de danza maca'bra es el de Clusone (Bérgamo, 1485), pero el tema preferido fue el de II trionfo de/la Morte que puede ser admirado sobre los muros del camposanto de Pisa.

Ciertamente, en representaciones pictóricas y gráficas se inspiraron algunas procesiones y danzas reales, como la Mascarada de la muerte organizada en Florencia en 1510 por el pintor Piero di Cosimo y el segundo acto de Gise/le, ballet de Théophile Gautier, en el cual, sur. giendo de sus sepulcros, danzan las Willis o novias muertas. 

 

 Durante las representaciones de los Misterios medievales no faltaban tampoco ejemplos de danza, pero nada concreto se sabe al respecto. Una especie de danza contra la cual hubo de luchar largamente la Iglesia, por ser vestigio del paganismo y testimonio de superstición, fue el sabbath, danza orgiástica de brujas y demonios, recuerdo de antiguos ritos druídicos.


Baile en el jardín al son de la música. Manuscrito francés del siglo XII. Biblioteca Nacional, París.
 


 
DANZAS SOCIALES
 
En la Edad Media no se representaban ya pantomimas ni ballets, como en los tiempos de los griegos y de los romanos, pero la danza continuaba siendo apreciada, ahora como fiesta de diversión social.
Continuadores de la tradición de los histriones romanos fueron los juglares, bufones, saltimbanquis y danzadores, muchos de los cuales acompañaron a las Cruzadas, trayendo luego a Europa nuevos bailes de inspiración oriental. Peregrinando de ciudad en ciudad se exhibían en las plazas y en los castillos, solos o en compañía de trovadores o troveros, imitados primero por los villanos y más tarde, también, por los señores, pero, al principio. sólo por las mujeres, porque en el alto medie YO los hombres consideraban la danza indigna de ellos, como está demostrado por los poemas y romances de la época. Traeremos a ejemplo una canción del siglo XII, la cual, al referir que al pie de un castillo será organizado un gran baile, precisa: I( ...las señoritas van para conducir las carolas; los caballeros para mirar». Tan sólo a principios del XIII, aflojándose la rigidez de las costumbres, ambos sexos comenzaron a bailar juntos, cogiéndose de las manos y formando círculo.
 
Carolas
Eran éstos las famosas carolas, canciones con baile descritas en el Roman de la Rose y con frecuencia recordadas en otros escritos me dievales, gratas a todas las clases sociales, des de las populares hasta la aristocrática. Con la palabra carola no se definía probablemente una danza particular, sino un grupo de danzas que tomaban su diversa mímica de las palabras de la balada.
 
La carola es de origen romano y en Italia tomó también el nombre de tresca, del que derivó la deformación francesa tresse o treske como se lee en Le Jeu de Robin et Marion de Adam de la Halle, representado por pri mera vez en Nápoles, en la corte de Carlos de Anjou. Marion pregunta al enamorado : I( Robin, saistu méner la tresse?» y más adelante otro personaje dice: I(Par amour faisons la treske et Robin la ménera.» Un solista en tonaba la estrofa y el coro ejecutaba los estribillos, acompañados del batido de palmas o del   tambor y la cornamusa.
 
Asimismo eran cantadas las danzas que en Francia tomaban el nombre de balades y bale ries y el rondeau, pero se sabe muy poco acer ca del modo de ejecutarlas. También estaban difundidas la moresca, antiquísima danza si milar a la pírrica, y los branles que, como la carola, designaban un grupo de danzas, de inspiración popular francesa, variables de una provincia a otra.
 
La estampida se ejecutaba con el acompa ñamiento de la yiella y sin canto; los bailari nes golpeaban con los pies para marcar el tiempo, en un ritmo veloz similar al de la ta rantela napolitana ; es famosa la estampida sobre la cual Rambaldo de Vaqueiras escribió la canción Kalenda Maya.
 
Hacia fines del medievo se señala como muy importante la cada vez más clara separación entre las dos categorías de danza: la baja danza y la alta danza. La primera, llamada así porque se ejecutaba terretlterre, es decir, sin saltar, y también porque se acompañaba con instrumentos de sonidos bajos, era de movi mientos graves y nobles; la segunda, de ca rácter más libre y popular, admitía pasos sal tados en elevación.
 
La baja danza era de compás temario y, se gún el tratado de ThoinotArbeau, titulado Orchésographie (1588), se componía de cuatro partes: la reverencia, el branle, los pasos y el tordion, más vivaz que los tres primeros movimientos, e independiente, que cayó en desuso en la primera mitad del siglo XVI.
 
El más antiguo documento francés que habla de las danzas es el Manuscrit des Basses Dan ses, atribuido a María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario (siglo xv). La colección comprende 59 aires de danza, pero no da detalles ni de sus caracteres, ni del modo de bai larlas, limitándose a indicar el nombre de los pasos y de los movimientos. Más importante es el tratado de Messer Domenico da Ferrara, llamado el Caballero Placentino, del que, para mejor orden de las materias, nos ocuparemos en el capítulo siguiente.
 
Poquísimo sabemos, asimismo, acerca de cómo se ejecutaba la ballata italiana, diferente de la francesa en la forma y en la métrica. Ge neralmente se cree que el coro de las danza rinas iniciaba la danza cogiéndose de las manos y cantando el estribillo; después de haber realizado una vuelta entera, se detenía esperando que la solista hubiese cantado la primera es trofa ; entonces todas juntas realizaban media vuelta en sentido opuesto y por último una ter cera vuelta completa, llamada volta. El ritmo era temario como el de la tarantela y el del trescone (especie de rigodón) popular y el movimiento era vivo. Tenemos una idea de la ballata, por algunas pinturas, entre ras cuales un fresco de Lorenzetti en el Palacio Comunal de Siena, otro de Benozzo Gozzoli en el cemen terio de Pisa y por una detallada descripción que un anónimo del siglo XVI hace de una fa masa ballata citada por Boccaccio en El De cameron: «L'acqua corre allaborrana», por haberla visto bailar en sus tiempos.
Como quiera que más tarde nació en los danzadores el natural deseo de representar los personajes puestos en escena por las canciones, de las baladas derivaron después los ballets y las mascaradas.
 
De las carolas del siglo XIII, todavía tan próximas a las danzas del pueblo, se pasó, de este modo, en dos siglos, a las más ricas y fantásticas representaciones.

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